¡Feliz día del padre! Este fin de semana en los Estados Unidos, al igual que en otros países, se celebra a los padres. Si bien ser padre es uno de los regalos más importantes y que conlleva más responsabilidades que un hombre puede tener, la dicha de tener hijos no define nuestro valor ni le da sentido a nuestra existencia. Quiénes somos como seres humanos es el fundamento de nuestro ser. Esto no depende de nuestro género ni de los roles que tengamos o representemos. En una sociedad obsesionada con lo que hacemos, con lo que logramos o con lo que representamos, lo que somos debería definirnos y verse reflejado en toda nuestra vida.
La Biblia enseña claramente que tanto hombres como mujeres somos creados a la imagen y semejanza de Dios (Génesis 1:27). La imagen de Dios es nuestra identidad y la fuente de nuestro valor y dignidad. Tanto los hombres como las mujeres encuentran su valor en Dios y en sí mismos, sin depender de sus acciones ni de los roles considerados masculinos o femeninos. Todos pecamos y las consecuencias de nuestro pecado rompieron nuestra relación con Dios, con nuestros semejantes, con nosotros mismos y con la creación, sin distinción de género ni de roles. La salvación y el perdón de los pecados que Dios ofrece a través de Jesús son para todos (Juan 3:16; Rom. 5:8), sin distinción de género. Todos los que, por la gracia de Dios, hemos sido adoptados en la familia de Dios disfrutamos de la comunión con nuestro Dios trino (Juan 1:12; 1 Juan 3:1). Las distinciones de género, económicas y sociales que las sociedades imponen han sido claramente destruidas en Jesús como magistralmente dice Gálatas 3:28: “Ya no hay judío ni no judío, esclavo ni libre, hombre ni mujer, sino que todos ustedes son uno solo en Cristo Jesús.”
Por lo tanto, un cristiano es un seguidor o discípulo de Jesús, sin importar su género ni ninguna otra variable. Jesús instruyó a sus seguidores que hicieran más discípulos suyos y les enseñaran a obedecerlo en todo (Mateo 28:18-20). En este pasaje, conocido comúnmente como La Gran Comisión, tampoco se hace distinción de género ni de roles, sino que todos somos llamados a seguir a Jesús y a enseñarnos unos a otros. En el otro pasaje central del cristianismo, llamado El Gran Mandamiento, se nos llama a amar a Dios sobre todo y a nuestro prójimo como a nosotros mismos (Mateo 22:37-40), nuevamente sin hacer distinción de género ni de roles sociales. Ser cristiano no tiene nada que ver con ser hombre o mujer, sino con seguir e imitar a Jesús en nuestras vidas.
Lo que comúnmente llamamos “la vida cristiana” se refiere a nuestro caminar diario con Jesús. Esta vida es solamente posible con la ayuda del Espíritu Santo, que mora en los creyentes y les da el poder para vivirla en la plenitud que Dios desea para sus hijos (Efesios 1:13; Gálatas 5:25). Cuando dejamos que el Espíritu Santo guíe nuestras vidas, se producen las virtudes cristianas en nosotros que la Biblia llama el el fruto del Espíritu: “en cambio, el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio” (Gálatas 5:22-23). El fruto o las virtudes del Espíritu Santo tampoco están determinados por nuestro género, sino que se aplican a todos los creyentes. En otras palabras, no existen virtudes femeninas o masculinas, ni de padres ni de madres, sino de creyentes en Cristo.
De igual manera, en todo el Nuevo Testamento se muestra claramente que los cristianos tienen vidas interdependientes y que el cristianismo se vive en comunidad, sin importar nuestro género ni nuestro estatus civil o social. De hecho, tanto los vicios que debemos evitar como las virtudes que debemos perseguir se aplican a todos. Por ejemplo, en Colosenses 3, se usa la imagen de quitarse vicios o ponerse virtudes como si fueran prendas de ropa:
Pero ahora abandonen también todo esto: enojo, ira, malicia, calumnia y lenguaje obsceno. Dejen de mentirse unos a otros, ahora que se han quitado el ropaje de la vieja naturaleza con sus vicios y se han puesto el de la nueva naturaleza, que se va renovando en conocimiento a imagen de su Creador. En esta nueva naturaleza no hay judío ni no judío, circunciso ni incircunciso, extranjero, inculto, esclavo o libre, sino que Cristo es todo y está en todos. Por lo tanto, como pueblo escogido de Dios, santo y amado, revístanse de afecto entrañable y de bondad, humildad, amabilidad y paciencia, de modo que se toleren unos a otros y se perdonen si alguno tiene queja contra otro. Así como el Señor los perdonó, perdonen también ustedes. Por encima de todo, vístanse de amor, que es el vínculo perfecto (Col. 3:8-14).
Así que, claramente, nuestra esencia como seres humanos y como cristianos no está determinada por lo que hacemos sino por lo que somos. Todos nos necesitamos unos a otros y debemos enseñarnos y aconsejarnos unos a otros sin importar nuestro género o estatus social (Col. 3: 16). La obsesión cultural de definir nuestro valor de acuerdo con nuestro género o con los roles que desempeñemos claramente va en contra de Dios y de nuestra realidad.
Evidentemente cada uno de nosotros tiene vidas y responsabilidades diferentes. Los hombres y las mujeres no son iguales, y quienes tienen hijos tienen responsabilidades distintas de quienes no las tienen. Sin embargo, nuestro valor y nuestra función no se determinan por nuestro género ni por los roles que desempeñemos. Un verdadero hombre es un seguidor de Jesús. Una verdadera mujer es seguidora de Jesús. Un verdadero padre o una verdadera madre es seguidor de Jesús. No existe una Biblia para hombres ni para mujeres, ni una vida cristiana para hombres ni para mujeres. Todos somos iguales y nos necesitamos unos a otros. Por lo tanto, los que tenemos la dicha de ser padres, festejemos nuestro día mientras recordamos que el mejor padre es quien sigue a Jesús, como todos los demás.
Este artículo y otros recursos se encuentran disponibles en el blog de Octavio Esqueda.
Biola University




_(1).jpg)